sábado, 28 de diciembre de 2013

La casa de Resfa de Carlos Mario Garcés_ Victor Bustamante


En la literatura antioqueña de principios del siglo pasado, hay un personaje que casi se hace invisible, la Sulamita, en poetas de diverso caletre es mencionada con cierto gracejo como una manera de hacerle un guiño al lector, ya que el escritor le quiere decir a este que él la conoció, o al menos a una de ellas. Entonces era tal la percepción de una de estas mujeres, que se le daba ese toque bíblico al deseo para no quedar amparados bajo la señalización de los lectores como alguien mundano. Así esta mujer que se le resiste a Salomón, en el Cantar de los cantares, pasa a formar uno de los primeros iconos eróticos de la región, junto al exceso de poemas a la madre.


Cuando Medellín se hace moderna, a principios del 1930, hay una de ellas Helena, en Una mujer de cuatro en conducta, que pasa de servir como domestica a trabajar en cafés del centro de la ciudad para terminar regentando una casa de citas muy elegante en Prado. Esta novela terminó cautivando a las estudiantes cuando las colocaban a leer ese libro como una manera de aleccionarlas, y era leído como un manual de iniciación erótica.


Carrasquilla, mas cauto, sitúa una de esa casas de madamas, a lo largo de la Calle Arriba, La Playa, pero nunca las describe en su interior.


Al final de la calle de Óscar Hernández,  este narra la vida no solo de las putillas que llegan de los pueblos para alimentar el deseo de los medellinenses, sino que alrededor narra toda la cáfila de personajes alrededor de este ambiente


Hay una novela del médico Jorge Franco Vélez, Hildebrando,  donde se sitúa la vida de los estudiantes y sus ritos de iniciación no solo etílica sino amatoria por los lados de Guayaquil y de Lovaina.
Manuel Mejía las hace visibles como las Barbaritas en La casa de las dos palmas y en Aire de tango las visibiliza junto a aquel que nunca pudo ser Gardel, Jairo, el amante de tangos y de los cuchillos.


También en algunos cuentos Darío Ruiz sitúa estas mujeres por la calle Junín en los bares de prestigio. Mario Rivero las vive a su manera de idílico poeta, y el Profeta Gonzalo Arango en Antes del Hombre, visita una putilla que le canta canciones y lo hace casi feliz con sus ganancias, gigoló literario, mientras este nihilista de postín creaba todo un movimiento poético y una manera de ser, a partir del fuego de esa vida disoluta.


Mientras tanto, el deseo proscrito a las afueras de la ciudad, es decir a la antigua salida de la llamada carretera vieja situada en Las camelias, nombre que evocaba a una de las putas de renombre y a una novela de Dumas, la Dama de las camelias. 


Luego Lovaina se convierte en el sitio obligado de políticos, de poetas, de recibimiento a visitante ilustres que querían conocer a la Vila, a la manera de Burton, para conocer una ciudad es imperioso conocer primero a sus mujeres.


Todo lo anterior para hablar de un libro escrito desde el interior, dentro del corazón, de ellas, así como de esa vida sentida como contemporánea desde la infancia; La Casa de Resfa, de Carlos Mario, nos da una certera definición de lo que es en realidad esa vida donde muchos naufragan por curiosidad, otros buscan allí su resorte vital y muchos poetas imaginan la marginalidad de una vida soñada con el placer a la mano, ante pupilas hermosas donde las palabras solo tiene una equivalencia: el dinero


Con La casa de Resfa, conocedor de la materia, Carlos Mario Garcés nos adentra en su interior de esa casa de putas tan visitada como manera de inicio o configuración de entrada para apaciguar los dolores del amor, buscar el placer como emético. Él nos lleva a cuestionar algo, hay que vivir allí para conocer sus secretos. Carlos Mario lo ha escrito, lo evidencia la textura de los personajes ya que cada uno de ellos cumple una función en la casa, cada uno de ellos hace parte de ese mundo, tan personal, revisitado por medio de la memoria y que lo instala da de una manera tal, que su poder de evocación los hace reales. Sueños derrumbados, frustraciones, tiempo inútil del places debido a la pérfida carne son la materia del libro.


También hay algo que desnuda, y nos deja absortos, y es el paso no solo del tiempo sino del placer por la vida de cada una de estas mujeres. es como la culpa que se hace perenne como una manera de reclamo desde su interior. Porque eligieron esta vida y no la otra, pregunta que nunca se hizo en el omento de su mayor esplendor cuando nadie se atrevió a pensar que casa uno de nosotros tiene una posibilidad de saber, de vivir y de tener el placer como una manera de sospechar que es necesario, como una válvula de escape, con el placer en si. Y que estas casan distribuidas a lo largo y ancho del territorio de la ciudad, servía como catarsis a que los matrimonios no se dañaran. Si bien estas casas fueron reubicadas, el paso del cementerio de san Pedro hasta el barrio Antioquia. Estos lupanares sirven para mantener intacta la presión y desalojo afectivo del hogar. 


Después de que algunos de los escritores mencionados dijeron algo sobre esta zona donde se podía ir a buscar placer, resulta que llegaron los historiadores y los sociólogos a buscar una explicación a este fenómeno. Pero Carlos Mario ha regresado y nos ha dejado con un palmo de narices al contarnos desde la intimidad de quien conoció este lugar, y nos describe cómo es en realidad, cada uno de ellos.



Hay un territorio de nadie para los poetas y las putas la marginalidad, el tiempo sin sosiego, el deseo de vivir de otros, el deseo de soñar en utopías, el paso del tiempo y las costuras del alma vuelta otra vez añicos, Carlos Mario nos ha llevado de visita al interior de sus recuerdos, a la presencia de su élan vital.



Para decirnos: y ninguna de ellas fue tan vilmente saqueada.


lunes, 23 de diciembre de 2013

Piense Diferente


2. Citas de Carl Gustav Jung_ Psicólogo y psiquiatra suizo.


Me han acusado de defensor del Alma. No fui yo sino
Dios mismo quien la defendió.




Desde la mitad de la vida hacia adelante, sólo
permanece vital aquel que está preparado para morir
con vida.




Aún una vida feliz no es factible sin una medida de
oscuridad, y la palabra felicidad perdería su sentido si no
estuviera balanceada con la tristeza. Es mucho mejor tomar
las cosas como vienen, con paciencia y ecuanimidad.




La realización de los premios de nuestra sociedad es
ganada con el costo de una disminución de la Personalidad.




Las imágenes de Inconsciente ocupan una gran
responsabilidad en el Ser Humano. La falla en entenderlas
o la evitación de la responsabilidad ética, priva al Ser
Humano de su totalidad y le impone penosos fragmentos
de su vida.




Un Inconsciente hiperdimensionado es siempre
egocéntrico y el consciente no puede hacer nada salvo
preservar su propia existencia. Es incapaz de aprender del
pasado, incapaz de entender eventos contemporáneos e
incapaz de proyectarse correctamente hacia el futuro.




Está hipnotizado por sí mismo y por consiguiente no
puede discutirse con él. Por consiguiente inevitablemente
se dirige a sí mismo hacia calamidades que deberá
enfrentar hasta su muerte.



Las multitudes siempre se alimentan de “epidemias
psíquicas “.




No hay llegada al consciente sin dolor.




Si la gente pudiera ser educada para ver la parte más baja
de su propia naturaleza, sería esperanzador que aquellos
que lo aprendieran pudieran entender y amar a sus
semejantes mejor. Un poco menos de hipocresía y un poco
más de tolerancia hacia uno mismo, puede otorgar
solamente buenos resultados con respecto a nuestro

prójimo.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Citas de Carl Gustav Jung_ Psicólogo y psiquiatra suizo.


Tu visión devendrá más clara solamente cuando mires
dentro de tu corazón... Aquel que mira afuera, sueña.
Quién mira en su interior, despierta.


El encuentro entre dos personalidades es como el
contacto entre dos substancias químicas. Si hay alguna
reacción, ambas serán transformadas.

Si existiera algo que quisiéramos cambiar
 en el niño,
deberíamos primeramente examinar y ver si no hay algo
que podría ser mejor para cambiar en nosotros mismos.


Yo diría que la libido de los hombres americanos está
centrada casi por entero en sus negocios, hasta el punto
de que les alegra no tener responsabilidades como
maridos.


El péndulo de la mente humana oscila entre el sentido
y el sinsentido y no entre lo bueno y lo malo.



Cualquier cosa que un hombre construya puede
devorarlo, y el constructor en América está en peligro de
ser destruido.


La vida es el punto de apoyo para la verdad del espíritu.


El espíritu que arrastra al Ser Humano fuera de la vida,
buscando completarse sólo en sí mismo es un falso
espíritu, aunque es al Ser Humano a quien hay que
culpar, ya que él puede elegir si entregarse a éste espíritu
o no.


La mojigatería es siempre el manto de la brutalidad.


Estamos tan encerrados por cosas que nos empujan y
oprimen que nunca tenemos una oportunidad en medio
de todas estas cosas” dadas”, de preguntarnos por quién

nos son “dadas “.

viernes, 20 de diciembre de 2013

La poética dulce de_ Dulce María Loynaz


A veces, por una afortunada casualidad, o la bonhomía  de algún amigo, llega a nuestras manos un buen libro que, generalmente, se convierte en puerta de entrada a una buena obra. Tal es el caso del libro Fe de vida (1993) de la escritora –poetisa por excelencia- Dulce María Loynaz, nacida en La Habana, Cuba, el 10 de diciembre de 1902.

En la citada obra, mediante un lenguaje fluido, sencillo y emotivo, la poetisa hace una crónica de la vida de su segundo esposo, el influyente periodista canario Pablo Álvarez de Cañas, cronista social de los diarios Excélsior y El País, en la Cuba prerrevolucionaria. “Él era simplemente un común ser humano, pero de una humanidad cálida, vibrante, rica en matices y en cierto  modo fascinadora”, se puede leer en Fe de vida.

Como se anotó al inicio de este artículo, el libro citado es una magnífica forma para conocer, comprender y valorar la obra de nuestra escritora en cuestión.

De entrada, podemos decir que fue la primera mujer latinoamericana ganadora del premio Miguel de Cervantes Saavedra. Al recibir el galardón, en 1993, de manos del Rey Juan Carlos de España –el mismo que había recibido antes su compatriota Alejo Carpentier- , expresó:“unir el nombre de Cervantes al mío, de la manera que sea, es algo tan grande para mí que no sabría qué hacer para merecerlo, ni qué decir para expresarlo”. 

Con sólo 17 años de edad inicia una fructífera tarea literaria al publicar en el periódico La Nación, en 1920, los poemas: Invierno de almas, y, Vesperal. Días después viaja a los Estados Unidos y otros países del mundo. En 1927, a los 24 años de edad, termina la carrera de Derecho Civil en la Universidad de la Habana, profesión que no desempeña porque “ la poesía y la literatura le absorben por completo y a ellas les entrega toda su fuerza y voluntad”. Por esta época escribe Versos, e inicia su novela Jardín; estando en Egipto, en 1929, publica Cartas de amor al Rey Tut – Ank – Amen, lo que comienza a darle un perfil de escritora mundial.

Ya en Cuba, a partir de la década de 1930, su casa se convierte en centro de tertulias, conocidas con el nombre de “juevinas” y  frecuentadas por personajes como  Federico García Lorca, Emilio Ballagas, Alejo Carpentier, Juan Ramón Jiménez, Rafael Marquina y Carmen Conde, entre otros.

En México publica Canto a la mujer estéril (1937); al año siguiente, en Cuba, ofrece su poemario: Versos. Entre 1946 y 1947 recorre Sudamérica, lo que aprovecha para escribir sápidas crónicas en el periódico El País, que reúne bajo títulos como  Impresiones de una cronista, y, Crónicas de América del sur.

En 1947, en España, publica Juegos de agua; en 1950, en Cuba, Las corridas de toros en Cuba, y en Madrid se edita, por tercera vez, Versos; en la capital española, en 1951, se agota la edición de su novela Jardín. Su obra se reedita en España, Italia y Cuba, mientras sus colaboraciones en revistas y periódicos nacionales e internacionales son continuas.

A manera de degustación, y para provocación del lector, transcribo apartes del poema Tierra cansada, en son de romance:

“La tierra se va cansando,
la rosa no huele a rosa.
  La tierra se va cansando
    De entibiar semillas rotas,
  Y el cansando de la tierra
    Sube en la flor que deshoja
      El viento...Y allí, en el viento
Se queda...”

Amor es... y Soneto, son dos poemas de Dulce María, que contienen la más alta esencia de su poética: la dulzura de la palabra hecha metáforas, hecha gracia, rosa, plenitud y árbol; sol semilla y tierra; es camino, estrella y cruz:

AMOR ES...
Amar la gracia delicada
del cisne azul y de la rosa rosa;
amar la luz del alba
y la de las estrellas que se abren
y la de las sonrisas que se alargan...
Amar la plenitud del árbol,
amar la música del agua
y la dulzura de la fruta
y la dulzura de las almas dulces....
Amar lo amable, no es amor:
Amor es ponerse de almohada
para el cansancio de cada día;
es ponerse de sol vivo
en el ansia de la semilla ciega
que perdió el rumbo de la luz,
aprisionada por su tierra,
vencida por su misma tierra...
Amor es desenredar marañas
de caminos en la tiniebla:
¡Amor es ser camino y ser escala!
Amor es este amar lo que nos duele,
lo que nos sangra bien adentro...
Es entrarse en la entraña de la noche
y adivinarle la estrella en germen...
¡La esperanza de la estrella!...
Amor es amar desde la raíz negra.
Amor es perdonar;
y lo que es más que perdonar,
es comprender...
Amor es apretarse a la cruz,
y clavarse a la cruz,
y morir y resucitar ...
¡Amor es resucitar!

                  SONETO
Quiere el Amor Feliz  -el que se posa poco...- 
arrancar un verso al alma oscura:
¿Cuándo la miel necesitó dulzura?
¿Quién esencia de pomo echa en la rosa?
Quédese en hojarasca temblorosa
lo que no pudo ser fruta madura:
No se rima la dicha; se asegura
desnuda de palabras, se reposa...
Si el verso es sombra, ¿qué hace con el mío
la luz?... Si es luz... ¿la luz por qué lo extraña?
¡Quien besar puede, bese y deje frío
símbolo, el beso escrito!... ¡En la maraña
del mapa no está el agua azul del río,
ni se apoya en su nombre la montaña!...

Tras el triunfo de la Revolución, su esposo abandona Cuba y Dulce María, en plena madurez intelectual y literaria, deja de publicar y se dedica por dos décadas a recopilar, revisar y organizar toda la bibliografía existente sobre la guerra de la independencia cubana (guerra del 95), trabajo que se edita en La Habana, en 1989, siendo objeto de múltiples reconocimientos.

El 27 de abril de 1997, figurando entre la membresía de la Academia nacional de Artes y Letras, desde 1951; de la Academia Cubana de la Lengua, a partir de 1959, y de la Real Academia Española de la Lengua, desde 1968,  muere Dulce María Loynaz Muñoz, la mujer infatigable que dedicó toda su vida a la poesía y a la defensa y promoción de la cultura cubana.


 Iván de J. Guzmán López_ Columnista del periódico El Mundo, de Medellín; colaborador del periódico El Colombiano, de Medellín; de la revista virtual Susurros, editada en Lyón, Francia. Autor de textos literarios y didáctico.

jueves, 19 de diciembre de 2013

El Gaviero Periódico Literario_ Editorial Edición Nro. 4_2012


Dostoievski, Baudelaire, y posterior a ellos Marshall Berman, analizaron el advenimiento de la humanidad con su proyecto histórico, social e individual llamado la Modernidad (sólo un siglo y medio después aparecería la Globalización, su hija bastarda) en donde todas las fuerzas de producción y de manifestación humanas, desde todos los frentes, internos y externos, se unirían para buscar el desarrollo equilibrado del hombre.


Tanto Modernidad como Globalización tienen su antecedente en los diversos sistemas y modelos que tienen como finalidad formar un determinado individuo: de allí que en Esparta se buscaba la formación de un hombre militar y de guerra, en Atenas la de un hombre de ciencia y filósofo, en la Edad Media la de un hombre escolástico y religioso, en el Renacimiento la de un hombre integral y antropocentrista, y ahora, la de un hombre ruidoso y vacío, donde se jactan de la vulgaridad, y se privilegia la ignorancia como virtud.


Estos sistemas y modelos filiales, dejaron a medias y al garete esa liberación que preconizaron especialmente Dostoievski y Baudelaire, ya que se concentraron sólo en la exterioridad, dejando al hombre abandonado y distante de sí mismo, convertido no en un sujeto, sino en un objeto mecánico, trivial y deshumanizado, que se enmarca dentro del hastío, el descontento, el desamparo, y una amargura terrible y profunda, que se derivan de los diversos componentes y acciones de la Modernidad, como son El Imperio de lo Efímero, La Era del Vacío, La Sociedad del Espectáculo, entre otros.


Ahora bien, otros más ortodoxos, y desde otra variable, manifiestan que estos sistemas y modelos han traído la debacle y por lo tanto debe volverse al nacionalismo y a las diversas manifestaciones de regionalismo rampante. Nada más alejado de la coherencia y el desarrollo mismo, tanto desde lo individual como desde lo colectivo.


Es una injuria creer en el nacionalismo que produjo los horrores de las dos guerras mundiales, ha propiciado las condiciones de desprecio y sectarismo hacia todo aquello que sea extranjero. Del regionalismo que ha cimentado las condiciones de rechazo y antipatía entre los ciudadanos de un mismo país, todo ello bajo la levadura del fanatismo.


El hombre no tiene patria, la patria del hombre es la tierra, escribió Séneca. Esta tierra que es como un barco donde todos vamos como pasajeros -esperando la hora en que seamos amortajados y arrojados por la borda-, buscándole explicación a este inmenso océano de aguas de coloración diversa, mansa y embravecida que es la existencia.



De allí que el poeta y el artista aislado por el escobazo de esa misma masa que lo repudia y lo tira a la calle y al olvido, no puede cejar de llamar al hombre con su canto, sus sonidos y colores no para que persista en lo que prefiguran la Modernidad y su hija bastarda la Globalización (y de persistir que no deje de lado la interioridad humana), o retorne al nacionalismo y al regionalismo de levadura fecundante, de fanatismos y atrocidades que deshumanizan, sino para que vuelva a lo más preciado y profundo: su búsqueda interior.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

El Gaviero Periódico Literario_ Editorial Edición Nro. 3_2009_ Escupiendo monstruos…

Como un homenaje, a Edgar Poe en su natalicio y a su magnífica obra.

Obra que abarca diversos géneros, que van desde la poesía, el cuento y la crítica. Porque pocos como Poe comprendieron, que una de las causas principales para el desarrollo de las grandes civilizaciones, pueblos, sociedades, la familia y el individuo mismo se deben a la crítica y sus diversas manifestaciones como motor de empuje.

Desde el ágora misma, lugar en donde se debatían las más disímiles opiniones e ideas, lo que permitía finalmente crear valores intelectuales y espirituales, fundidos por el talento y la inteligencia, y cuya luz se levanta y esparce como un enorme faro que aún parpadea hasta nuestros días, pero para infortunio nuestro, ya de forma débil y apagante en su reflejo.

Grecia y algunos países, entre ellos el de Poe, alcanzaron en su momento por la crítica su esplendor y desarrollo, que se hace manifiesta en sus obras y acciones. Un país empieza a trasegar en su decadencia, pierde su brújula y se vuelve veleta, cuando empiezan a escasear los buenos críticos en política, periodismo, literatura y cultura en general.

Cuando no se puede debatir o contravenir las opiniones, porque los poderes autocráticos lo impiden, imponiendo eso sí, el unanimismo, de un sector que acalla, intimida y desaparece físicamente a quien lo haga, se entra en un marasmo, en una inercia, en un fanatismo de la locura, de la sinrazón, que quiere por todos los medios acallar las discrepancias.

Entre las pesadillas de Poe, y las atrocidades de este país; las primeras son caminos reveladores para conocernos a nosotros mismos; las otras en cambio, son siniestras, crueles y sanguinarias. Carentes de razón, sentimiento y humanismo.

EDGAR ALLAN POE, escritor norteamericano. Nacido en Boston, en 1809; muerto en Nueva York, en 1849. Huérfano a muy temprana edad (su difunta madre, una bella actriz, quien solía actuar generalmente en Ofelia y Cordelia, de Shakespeare, dejaría de forma atávica en su hijo, en los confines de su sangre, las asperezas del alcohol y el asombro por la poesía y sus múltiples variables).

El futuro y extraño escritor, de aspecto elegante y bello, de frente ancha, de labios contraídos, de ojos claros y profundos, sería adoptado por un rico comerciante, el señor John Allan, de quien derivaría su nombre.


Esto le permitiría tener la fortuna (o quizá fue un orden secreto) de adquirir una vasta formación. Vivió, estudió y viajó por Europa. A su regreso a los Estados Unidos ingresaría a la universidad de Virginia. Se equivocan quienes dicen que Allan Poe es sólo un escritor para jóvenes.


Aparte de ser el iniciador del género policiaco en obras como La Carta Robada y El Doble Asesinato de la Calle Morgue, su obra rema por las aguas de lo sobrenatural, del terror y de lo metafísico a través no de la escueta razón, sino de la intuición, que para él es la categoría más elevada para expandir conciencia, el carácter más profundo y creativo para ascender a promontorios más altos en donde se puede mirar y nombrar por medio de la imaginación, que en últimas es el espejo que ahonda y revela en el mundo interior. En el mundo de las sombras.


Fue un ser angustiado, con sus nervios lacerados, y el delírium tremens producido por el alcohol. Divagaba perdido por parajes y lugares desconocidos. Al despertar somnoliento y vaporoso, se encontraba en otro condado o ciudad diferente en la cual su memoria no podía hilar el tiempo y el espacio transcurrido.


Desempeñó el extraño oficio, no de creador de pesadillas, sino de quien tuvo la presencia para ponerlas en orden y clasificarlas, en una sarta, en una espiral que se repite infinita.

 A doscientos años de su nacimiento y ciento sesenta de su muerte, Edgar Allan Poe nos ha dejado piezas blindadas contra el tiempo y la muerte.

Comité editorial

martes, 17 de diciembre de 2013

Todos somos de la tierra

Infinitas verdades que llenan de alegria el alma del buscador y la felicidad de estar vivos!





lunes, 16 de diciembre de 2013

Cómo Pinocho aprendió a leer

Amante de los libros, autor de Una historia de la lectura y elegido por el ciego Borges como su lector personal, Alberto Manguel hace un bello llamado en este texto —a través del rito de iniciación del Pinocho de Carlo Collodi— a civilizarnos a través del lento y difícil arte de la lectura.
Cómo Pinocho aprendió a leer 2111Eneko
Leí Las aventuras de Pinocho de Carlo Collodi por vez primera hace muchos años, en Buenos Aires, cuando tenía ocho o nueve años, en una imprecisa traducción española que incluía las ilustraciones originales en blanco y negro de Mazzanti. Vi la película de Disney tiempo después, y me molestó descubrir multitud de cambios respecto del original: el asmático Tiburón que devoraba a Geppetto se había convertido en Monstro la Ballena; el Grillo-parlante, en vez de aparecer de forma intermitente, había recibido el nombre de Pepito y se pasaba el tiempo persiguiendo a Pinocho con sus buenos consejos; Geppetto el gruñón se había transformado en un viejo agradable con un pez de colores llamado Cleo y un gato llamado Fígaro. Y muchos de los episodios más memorables habían desaparecido. En ningún momento, por ejemplo, presentaba Disney a Pinocho (como hizo Collodi en una escena del libro que se me antojaba envuelta en un aura de pesadilla) siendo testigo de su propia muerte, cuando, después de rechazar su medicina, cuatro conejos "negros como la tinta" venían a buscarlo para llevárselo en un pequeño ataúd negro. En su versión original, la conversión del Pinocho de madera en un ser de carne y hueso me parecía un itinerario tan excitante como el viaje de Alicia por el País de las Maravillas buscando una salida, o el de Ulises en busca de su amada Ítaca. Excepto por el final: cuando, en las páginas finales, Pinocho se transforma, como premio, en "un lindo muchacho con los cabellos castaños, los ojos celestes", solté un grito de entusiasmo y sin embargo me sentí extrañamente insatisfecho.
     No lo sabía entonces, pero creo que Las aventuras de Pinocho me encantaron porque son las aventuras de un aprendizaje. La saga de la marioneta es la que corresponde a la educación de un ciudadano, la antigua paradoja de alguien que quiere formar parte de la sociedad humana al tiempo que trata de averiguar quién es realmente, no como aparece a los ojos de los demás sino a los suyos propios. Pinocho quiere ser un "niño de verdad", pero no un niño cualquiera, no una obediente versión reducida del ciudadano ideal. Pinocho quiere ser aquel (quienquiera que sea) que se esconde bajo la madera pintada. Por desgracia (porque Collodi interrumpió la educación de Pinocho a un paso de esta epifanía) nunca lo consigue del todo. Pinocho se convierte en un niño bueno que ha aprendido a leer, pero Pinocho no se convierte nunca en un lector.
     Desde el principio, Collodi establece un conflicto entre Pinocho el rebelde y la sociedad de la que desea formar parte. Incluso antes de que Pinocho se transforme en marioneta, se muestra como un pedazo de madera particularmente rebelde. No cree en absoluto en "ser visto y no oído" (el lema del siglo XIX en lo tocante al comportamiento infantil) y provoca una disputa entre Geppetto y su vecino (otra escena más eliminada por Disney). Entonces coge una rabieta cuando descubre que no tiene nada para comer excepto unas peras, y cuando se queda dormido junto al fuego y se quema los dos pies espera que Geppetto (el representante de la sociedad) le talle unos nuevos. Hambriento y lisiado, Pinocho el rebelde no se resigna a permanecer en su estado en una sociedad que debería proporcionarle alimento y cuidados médicos. Pero Pinocho, también, es consciente de que habrá de dar algo a cambio de sus exigencias a la sociedad. Y así, una vez que ha recibido alimento y pies nuevos, le dice a Geppetto: "Para poder pagar a usted lo que ha hecho por mí, desde este momento quiero ir a al escuela".
     En la sociedad de Collodi, el colegio es el ámbito inicial en el que uno se muestra como un ser responsable. El colegio es el campo de entrenamiento donde uno se convierte en alguien capaz de devolverle a la sociedad sus cuidados y atenciones. Así es como lo resume el propio Pinocho: "Hoy mismo quiero aprender a leer; mañana, a escribir, y pasado, las cuentas. En cuanto sepa todo esto ganaré mucho dinero y con lo primero que tenga le compraré a mi papaíto una buena chaqueta de paño. ¿Qué digo de paño? ¡No; ha de ser una chaqueta toda bordada de oro y plata, con botones de brillantes! ¡Bien se lo merece el pobre! ¡Es muy bueno! Tan bueno que para comprarme este libro, y que yo aprenda a leer, ha vendido la única chaqueta que tenía y se ha quedado en mangas de camisa con este frío." Porque, a fin de comprarle a Pinocho un abecedario (fundamental si quiere ir a clase), Geppetto ha vendido su única chaqueta. Geppetto es un hombre pobre pero, en la sociedad de Collodi, la educación requiere sacrificios.
     Así pues, el primer paso para convertirse en ciudadano es aprender a leer. Pero ¿qué significa "aprender a leer"? Varias cosas:

     * Primero, el proceso mecánico por el cual se aprende el código de escritura que cifra la memoria de una sociedad.

     *Segundo, el aprendizaje de la sintaxis que gobierna dicho código.


     *Tercero, el aprendizaje de cómo las inscripciones en dicho código pueden servir para conocernos y conocer el mundo que nos rodea de una forma profunda, imaginativa y práctica. 

Este tercer aprendizaje es el más difícil, el más peligroso y el más poderoso, y el que Pinocho nunca logra cumplir. Presiones de todo tipo —las tentaciones con que la sociedad lo conduce lejos de sí mismo, las burlas y celos de sus compañeros, la fría y distante guía de sus preceptores morales— levantan ante Pinocho una serie de obstáculos casi infranqueables a la hora de convertirse en lector.
     La lectura es una actividad que ha despertado siempre un entusiasmo limitado en aquellos que detentan el poder. No es casualidad que en los siglos XVIII y XIX se aprobaran leyes prohibiendo que los esclavos aprendieran a leer, inclusive la Biblia, puesto que (se argumentaba con justeza) todo aquel capaz de leer la Biblia puede leer también un tratado abolicionista. Los esfuerzos y estratagemas diseñados por los esclavos para aprender a leer son prueba suficiente de la relación que existe entre la libertad civil y el poder del lector, y del miedo que dicha libertad y dicho poder despiertan en gobernantes de todo tipo.
     Pero en una sociedad democrática, antes de que la posibilidad misma de aprender a leer pueda ser tomada en consideración, las leyes de dicha sociedad están obligadas a satisfacer un número de necesidades básicas: alimento, vivienda, cuidados médicos. En un ensayo conmovedor (citado por Nicholas Perella en el prólogo a su traducción inglesa de Pinocho), Collodi tiene esto que decir sobre los esfuerzos republicanos para hacer efectivo un sistema de escolarización obligatoria en Italia: "Tal como lo veo, hasta ahora hemos pensado más en las cabezas que en los estómagos de las clases sociales que sufren y están necesitadas. Ahora pensemos un poco más en los estómagos." Cincuenta años más tarde, Brecht declararía: "Primero la comida y luego la moral". Pinocho, que no desconoce el hambre, tiene una conciencia clara de este requerimiento básico. Imaginando lo que haría si tuviera cien mil monedas y fuera a convertirse en un caballero adinerado, se fantasea en un bello palacio con una biblioteca "repleta de fruta confitada, pasteles, panettoni, tartas de almendra y bollos rellenos de crema". Los libros, como bien sabe Pinocho, no alimentan un estómago vacío. Cuando los traviesos compañeros de Pinocho arrojan contra él sus libros con tan mala puntería que éstos caen al mar, una bandada de peces emerge a la superficie y empieza a mordisquear las páginas empapadas; pero apenas dan un bocado los peces se apresuran a escupir el papel, como si dijeran: "¡Uf! ¡Qué malo está esto! Mi cocinera guisa mucho mejor."
     En una sociedad que no cubre las necesidades básicas de los ciudadanos, los libros son un pobre sustento; empleados de manera errónea, pueden ser mortales. Cuando uno de los niños le arroja a Pinocho un grueso y encuadernado Manual de aritmética, en vez de alcanzar a la marioneta el libro golpea a otro de los niños en la cabeza, causándole la muerte. No usado, no leído, el libro es un arma mortal.
     Incluso mientras pone en marcha un sistema para satisfacer estos requerimientos básicos y establecer un sistema educativo obligatorio, la sociedad le ofrece a Pinocho distracciones y formas tentadoras de entretenimiento que no exigen un esfuerzo mental. Primero bajo la apariencia del Zorro y el Gato, que le dicen a Pinocho que la escuela les ha dejado ciegos y cojos; luego en la creación del País de los Juguetes, que Espárrago, el amigo de Pinocho, describe en estos términos tan atractivos: "Allí no hay escuelas; allí no hay maestros; allí no hay libros [...] ¡Ese es un país como a mí me gusta! ¡Así debieran ser todos los países civilizados!" Los libros, como es lógico, están asociados en la mente de Espárrago a la dificultad, y la dificultad (lo mismo en el mundo de Pinocho que en el nuestro) ha adquirido un significado negativo que no siempre tuvo. La expresión latina per ardua ad astra, por las dificultades alcanzamos las estrellas, es casi incomprensible para Pinocho (y para nosotros), pues esperamos que todo se pueda obtener con el mínimo gasto posible.
     Pero la sociedad no alienta esta búsqueda necesaria de la dificultad, este aumento de la experiencia. Tan pronto como Pinocho ha padecido sus primeras desventuras y ha aceptado el colegio y se ha convertido en un buen estudiante, los otros chicos lo atacan por ser lo que hoy llamaríamos "un empollón" y se ríen de él por "prestar atención al maestro". "¡Has hablado como un libro", le gritan. El lenguaje puede permitir que el hablante permanezca en la superficie del pensamiento, voceando eslóganes dogmáticos y lugares comunes en blanco y negro, transmitiendo mensajes más que significados, trasladando el peso epistemológico al oyente (como en "ya sabes lo que quiero decir"). O puede intentar recrear una experiencia, dar forma a una idea, explorar en profundidad y sin quedarse en la superficie la intuición de una revelación. Para los demás niños, esta distinción es invisible. Para ellos, el hecho de que Pinocho hable "como un libro" es suficiente para etiquetarlo como un forastero, un traidor, un recluso en su torre de marfil.
     Finalmente, la sociedad interpone en el camino de Pinocho una serie de personajes que deben servirle de guías morales, como Virgilios en su exploración de los círculos infernales de este mundo. El Grillo-parlante, a quien Pinocho aplasta contra la pared en un capítulo temprano pero que milagrosamente sobrevive para ayudarle más adelante; el Hada Azul, que se le aparece primero a Pinocho como la hermosa niña de los cabellos azules en una serie de encuentros oníricos; el Bacalao, un filósofo estoico que, una vez que han sido devorados por el Tiburón, le dice a Pinocho que "es preciso aceptar la situación, y esperar a que el Tiburón nos digiera". Pero todos estos "maestros" abandonan a Pinocho a su propio sufrimiento y no se muestran dispuestos a hacerle compañía en sus momentos de oscuridad y extravío. Ninguno de ellos instruye a Pinocho sobre cómo reflexionar sobre su propia condición, ninguno le alienta a descubrir lo que en verdad significa su deseo de "convertirse en un niño". Como si se limitaran a recitar libros escolares sin extraer de ellos una lectura personal, estas figuras magistrales están meramente interesadas en una versión académica de la instrucción según la cual, a fin de que la "enseñanza" tenga lugar, basta con atribuirse el papel correspondiente (en este caso, maestro versus estudiante). Como maestros son inútiles, pues, a su juicio, sólo han de rendir cuentas a la sociedad, no al estudiante.
     A pesar de todos estos obstáculos —diversión, burla, abandono—, Pinocho logra escalar los dos primeros peldaños de la escalera social del aprendizaje: aprender el abecedario y aprender a leer la superficie de un texto. Al llegar ahí se detiene. Los libros, así, se convierten en lugares neutrales en los queejercer este código aprendido, a fin de extraer a su término una moral convencional. La escuela le ha preparado para leer propaganda.
     Dado que Pinocho no ha aprendido a leer en profundidad, a entrar en un libro y explorarlo en el marco de sus límites a veces inalcanzables, nunca sabrá que sus propias aventuras tienen profundas raíces literarias. Su vida (no lo sabe) es, de hecho, una vida literaria, un compuesto de viejas historias en las que tal vez podría (si aprendiera de veras a leer) reconocer su propia biografía. Y esto es cierto para todo lector formado. En Las aventuras de Pinocho resuena una multitud de voces literarias. Es un libro sobre el viaje de un padre buscando a su hijo y el de un hijo buscando a su padre (un argumento secundario de La Odisea que Joyce descubriría más tarde); sobre la búsqueda de uno mismo, como en la metamorfosis física del héroe de Apuleyo en El asno de oro y la metamorfosis psicológica del príncipe Hal en Enrique iv; sobre el sacrificio y la redención tal como se muestran en las historias sobre la Virgen María y en las sagas de Ariosto; sobre los ritos de iniciación arquetípicos, como en los cuentos de hadas de Perrault (que Collodi tradujo), y en la muy terrenal Commedia dell'Arte; sobre los viajes a lo desconocido, como en las crónicas de los exploradores del siglo XVI y en Dante. Puesto que Pinocho no tiene a los libros por fuentes de revelación, los libros no le devuelven el reflejo de su propia experiencia. En sus clases sobre Kafka, Vladimir Nabokov señalaba a sus estudiantes que el insecto en el que se había transformado Gregor Samsa era, en realidad, un escarabajo alado, una clase de insecto que disponía de alas bajo el caparazón y si sólo Gregor las hubiera descubierto, habría podido escapar. Y entonces Nabokov añadía: "Muchos crecen como Gregor, sin darse cuenta de que también tienen alas y pueden volar".
     Todo esto Pinocho también lo ignoraría si en sus manos cayera un ejemplar de La metamorfosis. Todo lo que Pinocho puede hacer, una vez que aprende a leer, es repetir como un loro el discurso de su libro de texto. Asimila las palabras de la página pero no las digiere: es incapaz de hacer suyos los libros porque incluso al final de sus aventuras se muestra incapaz de aplicarlos a su experiencia de sí mismo y del mundo. Aprender el abecedario le lleva, en el último capítulo, a renacer con una identidad humana y a contemplar con divertida satisfacción la marioneta que ha sido. Pero, en un volumen que Collodi nunca escribió, Pinocho tiene aún que enfrentarse a la sociedad con un lenguaje imaginativo que los libros podrían haberle enseñado por medio de la memoria, la asociación, la intuición, la imitación.
     La superficial experiencia lectora de Pinocho se opone frontalmente a la de otro héroe (o heroína) ambulante. En el mundo de Alicia, el lenguaje recupera su rica y esencial ambigüedad, y es posible (según Humpty Dumpty) que cualquier palabra diga lo que el hablante quiere que diga. Aunque Alicia refuta suposiciones tan arbitrarias ("pero 'gloria' no significa 'un argumento bien redondeado', le dice ella"), esta epistemología libertina es la norma en el País de las Maravillas. Mientras que en el mundo de Pinocho el sentido de una palabra impresa carece de ambigüedad, en el mundo de Alicia el sentido de jabberwocky, por ejemplo, depende de la voluntad del lector. (Puede ser útil recordar aquí que Collodi escribía en un momento en que el idioma italiano estaba siendo fijado de manera oficial por vez primera, tomando como punto de partida diversos dialectos, mientras que el inglés de Lewis Carroll estaba "fijado" desde hacía tiempo y podía ser explorado e interrogado con relativa seguridad.)
     Cuando hablo de "aprender a leer" (en el sentido más pleno que mencioné antes), quiero decir algo que se mueve entre dos estilos o filosofías. Pinocho responde a las constricciones de la escolástica que, hasta el siglo XVI, era el método oficial de enseñanza en Europa. En el aula escolástica, el estudiante debía leer según el dictado de la tradición y los comentarios fijos que se habían aceptado como autoridades. El método de Humpty Dumpty es una exageración de las interpretaciones humanistas, una perspectiva revolucionaria según la cual cada lector debe entablar contacto con el texto en sus propios términos. Umberto Eco limitó en la práctica esta libertad al señalar que "los límites de la interpretación coinciden con los límites del sentido común"; a lo que, por supuesto, Humpty Dumpty podría responder que lo que es sentido común para él puede no ser sentido común para Eco. Pero, para la mayoría de los lectores, la noción de "sentido común" posee cierta claridad común y compartida que debe bastarnos. "Aprender a leer", pues, es hacerse con los medios lo mismo para apropiarse de un texto (como hace Humpty Dumpty) que para compartir las apropiaciones de otros (como le habría gustado al maestro de Pinocho). En este territorio ambiguo entre posesión y reconocimiento, entre la identidad impuesta por otros y la identidad descubierta por uno mismo, se mueve, en mi opinión, el acto de la lectura.
      Hay una paradoja feroz en la médula de todo sistema escolar. Una sociedad necesita impartir el conocimiento de sus códigos a sus ciudadanos, de modo que puedan desempeñarse activamente en ella; pero el conocimiento de ese código, más allá de la simple habilidad para descifrar un eslogan político, un anuncio o un manual de instrucciones básicas, permite a esos mismos ciudadanos cuestionar esa sociedad, desvelar sus males y tratar de remediarlos. El mismo sistema que permite funcionar a una sociedad ofrece el poder para subvertirla, para bien o para mal. Por lo que el maestro, la persona designada por la sociedad para descubrir a sus nuevos miembros los secretos de sus vocabularios compartidos, se convierte de hecho en un peligro, un Sócrates capaz de corromper a la juventud, alguien que debe, por un lado, seguir enseñando sin temor y, por otro, someterse a las leyes de la sociedad que le ha asignado ese puesto; someterse incluso hasta el extremo de la autodestrucción, como fue el caso de Sócrates. Un maestro está preso una y otra vez en este dilema: enseñar a fin de hacer que los estudiantes piensen por su cuenta, pero enseñar, también, según una estructura social que impone un freno al pensamiento. La escuela, en el mundo de Pinocho como en el nuestro, no es un campo de entrenamiento para convertirnos en niños mejores y más plenos, sino un ámbito de iniciación al mundo de los mayores, con sus convenciones, requerimientos burocráticos, acuerdos tácitos y sistema de castas. No existe algo parecido a una escuela para anarquistas y, sin embargo, todo maestro ha de enseñar anarquismo, debe enseñar a los estudiantes a cuestionar las reglas y normas, a buscar explicaciones en el dogma, a enfrentarse a las imposiciones sin caer en el prejuicio, a exigir autoridad de quienes detentan el poder, a encontrar un lugar desde el que expresar sus propias ideas, incluso si ello significa enfrentarse con, y en última instancia desembarazarse de, su maestro.
     En algunas sociedades en las que el acto intelectual tiene prestigio por sí solo, como en muchas sociedades primitivas, al maestro (anciano, chamán, instructor, guardián de la memoria de la tribu) le es más fácil cumplir con sus obligaciones, puesto que la mayor parte de las actividades de tales sociedades está subordinada al acto de enseñar. Pero en la mayoría de las sociedades, el acto intelectual carece de todo prestigio. El presupuesto que se destina a la educación es el primero en ser recortado; la mayor parte de nuestros líderes no pasan de tener una cultura básica; nuestros valores nacionales son puramente económicos. Se alaba retóricamente el concepto de cultura y los libros son objeto de celebración pero, en la práctica, en las escuelas y universidades, por ejemplo, las ayudas económicas van destinadas casi siempre a invertir en equipamientos electrónicos (gracias a las fuertes presiones de la industria) y no en papel impreso, con la excusa errónea pero voluntariosa de que este equipamiento es más barato y duradero que el papel y la tinta. En consecuencia, las bibliotecas escolares a lo largo y ancho del mundo están perdiendo rápidamente un territorio fundamental. Nuestras leyes económicas favorecen el continente sobre el contenido, dado que aquél puede ser mercadeado más productivamente y tiene un aspecto más seductor, de modo que nuestro impulso económico se centra en esta tecnología electrónica. Para venderla, la sociedad publicita dos cualidades principales: su rapidez y su inmediatez. "Más rápido que el pensamiento", reza el anuncio de cierto sistema operativo, un eslogan que la escuela de Pinocho, sin duda, habría aprobado. La oposición es válida, ya que el pensamiento requiere tiempo y profundidad, las dos cualidades esenciales que caracterizan el acto de la lectura.
     La enseñanza es un proceso lento y difícil, dos adjetivos que nuestra época considera carencias y no términos elogiosos. Parece casi imposible convencer a nadie hoy día de los méritos de la lentitud y el esfuerzo deliberado. Y, sin embargo, Pinocho sólo podrá aprender si no tiene prisa para ello, y sólo se convertirá en un individuo pleno gracias al esfuerzo que requiere aprender lentamente. Ya en la época de Collodi, con su énfasis en el discurso de la autoridad, ya en la nuestra, con sus datos infinitamente regurgitados en la punta de los dedos, es relativamente fácil tener una cultura superficial, seguir una comedia televisiva, comprender el chiste de un anuncio, leer un eslogan político, usar un ordenador. Pero si queremos ir más lejos y más adentro, tener el coraje de enfrentarnos a nuestros miedos y dudas y secretos ocultos, cuestionar el funcionamiento de la sociedad en relación con nosotros mismos y con la sociedad, necesitamos aprender a leer de otra manera. Sólo así aprenderemos a pensar. Pinocho puede haberse convertido en un niño al término de sus aventuras, pero, en última instancia, todavía piensa como una marioneta.
     Casi todo lo que nos rodea nos empuja a no pensar, a contentarnos con lugares comunes, con un lenguaje dogmático que divide el mundo limpiamente en blanco y negro, bien y mal, ellos y nosotros. Éste es el lenguaje del extremismo, que brota por todas partes hoy día, recordándonos que no ha desaparecido. A las dificultades que entraña reflexionar sobre las paradojas y las preguntas abiertas, sobre las contradicciones y el orden caótico, respondemos con el grito milenario de Catón el Censor en el Senado de Roma, "Carthago delenda est!", "Cartago ha de ser destruida": la otra civilización no ha de ser tolerada, ha de evitarse el diálogo, la ley ha de imponerse por medio de la exclusión y la aniquilación. Éste es el grito de Putin sobre Chechenia, de Bush sobre Afganistán e Iraq, de Sharon sobre Palestina. Éstos son los argumentos de Haider en Austria, Castro en Cuba, Gadaffi en Libia, Le Pen en Francia, Berlusconi en Italia. Se trata de un lenguaje que finge comunicar pero que, con distintos disfraces, simplemente amenaza; no espera otra respuesta que el silencio obediente. "Sé bueno y sensato", le dice el Hada Azul a Pinocho al final del libro, "y serás feliz". Muchos eslóganes políticos pueden reducirse a este consejo infame.
     Dar un paso fuera del vocabulario constreñido de lo que la sociedad considera "sensato y bueno" y acceder a uno más vasto, más rico y, sobre todo, más ambiguo, es algo que nos aterroriza, porque este nuevo ámbito de palabras no tiene fronteras y constituye una equivalencia perfecta del pensamiento, la emoción, la intuición. Este vocabulario infinito está abierto a nosotros si nos tomamos el tiempo y hacemos el esfuerzo de explorarlo, y a lo largo de muchos siglos ha forjado palabras a partir de la experiencia a fin de devolvernos el reflejo de nuestra propia experiencia, a fin de permitirnos comprender el mundo y a nosotros mismos. Es más vasto y más perdurable que la biblioteca ideal de Pinocho, repleta de dulces, porque la incluye, metafóricamente, y puede llevarnos a ella, de manera concreta, al permitirnos imaginar formas de cambiar una sociedad en la que Pinocho se muere de hambre, es explotado y torturado, ha sido despojado de su estado infantil, debe permanecer obediente y feliz en su obediencia. Imaginar es disolver barreras, ignorar fronteras, subvertir la visión del mundo que nos ha sido impuesta. Aunque Collodi fue incapaz de conceder a su marioneta este estado final de autoexploración, intuyó, me parece, las posibilidades de sus poderes imaginativos. E incluso cuando afirmó la importancia del pan sobre las palabras, era muy consciente de que la crisis de una sociedad es, en última instancia, una crisis de la imaginación. ~

— Traducción de Jordi Doce